Este verano las grandes superficies han colgado varias veces el cartel de “agotado” en la sección de aires acondicionados y ventiladores. Cuesta imaginar cómo sobrellevaban nuestros antepasados la severidad climática de este paisaje de secano sin un mísero ventilador al lado. Pero la humanidad supo salir adelante y enfriar sus hogares desde el ingenio y aprovechando los recursos que les brindaba el medio. Hubo vida antes del aire acondicionado.

Que los primeros hogares de la humanidad fuesen cuevas no es casual, ya que no solo servían de refugio contra los depredadores sino contra las inclemencias del tiempo. Las cavernas conservan unas temperaturas medias con respecto al exterior: en invierno te resguardan del frío y en verano se mantienen frescas escondidas del sol. Las cuevas han permanecido en el imaginario del hombre desde que este las abandonó, y desde sus primeros pasos como nómada las tuvo en cuenta a la hora de construir cabañas o sistemas de refrigeración, porque bajo tierra la temperatura es menos extrema.

Las primeras civilizaciones comenzaron sus grandes ciudades con técnicas y materiales de construcción que pudiesen influir en las temperaturas internas. Los egipcios ya se valían del urbanismo y la arquitectura para generar corrientes de aire, la orientación de las calles y las casas nunca fue arbitraria y se intentaban distribuir las ventanas, puertas y pasillos de manera que favoreciesen los flujos de aire. En el Antiguo Egipto incluso se construían unos túneles verticales en las casas para poder facilitar la salida del aire caliente en verano.

En Oriente Medio también se utilizaban una especie de ‘torres de viento’ que estaban diseñadas para recoger el viento que soplaba por encima de los poblados y dirigirlo al interior de las casas.

Lo cierto es que estas técnicas mitigaban un poco el calor pero no eran suficientes, y menos para un señor faraón. Cuenta la leyenda que los faraones refrigeraban sus templos a lo bestia: desarmando de forma diaria las piedras que cerraban el interior del palacio real y dejándolas a la intemperie nocturna del desierto para que se enfriasen. Cuando llegaba el amanecer volvían a ser colocadas en su sitio, y estas mantenían las bajas temperaturas de la noche refrescando así el interior del palacio. Todo esto a costa del sudor de miles de esclavos.

Los pozos de nieve

Desde Mesopotamia a los romanos había una cierta obsesión con la nieve y el hielo para combatir el calor, elementos que sólo se hallaban en las altas cumbres y que eran difíciles de conservar en los valles y páramos donde se asentaban las grandes civilizaciones. Aún así uno de los inventos más populares en la historia de la climatización fue la casa o pozo de nieve. En el imperio romano era un negocio muy común el comercio de nieve, que se extraía con burros por la noche de las zonas de alta montaña (el volcán Etna, los Alpes o Sierra Nevada en España).

Las familias adineradas siempre tenían un pozo de nieve en los patios traseros, mientras que las clases medias se conformaban comprando el hielo a quien dispusiese de esta estructura. Estas casas de hielo alcanzaron un grado notable de tecnología, eran cubiertas por serrín y disponían de desagües para aprovechar también el agua fría y refrigerar la casa (los romanos eran dados también ha utilizar sistemas de acueductos dentro de las paredes de las casas para mantener el frescor).

El emperador romano Elagabalus llevó esta fiebre de la nieve hasta el nivel de lo absurdo allá por el siglo III cuando organizó toda una red de trabajadores y burros para que le acercasen de las montañas el preciado material blanco de forma ininterrumpida durante todo el verano. Dicen los cronistas de la época que el soberano mantenía una montaña de nieve en el jardín del palacio durante los meses estivales.

El fenómeno de las casas de hielo se extendió por toda Europa y llegó hasta bien entrado el siglo XX. De hecho en España aún quedan algunos ejemplos de esta arquitectura tradicional. Una muy conocida y bien conservada es la casa de nieve del Valle de Cuelgamuros, en la vertiente norte del Pico de Abantos, que almacenaba nieve durante el año en una fría cabaña con pozo para abastecer de este lujo refrescante al monasterio de El Escorial.

La nieve siguió durante muchos siglos siendo un bien codiciado y comerciado a precio de oro. Según el historiador Tim Buxbaum, autor del libro de historia de las casas de hielo, la nieve se convirtió en “un monopolio que producía grandes ingresos para el Papa” y la corona española llegó a gravar impuestos a la nieve en México desde el siglo XVI hasta el XIX. De hecho durante los siglos XVIII y XIX hubo un repunte de las casas de hielo, porque además de almacén de hielo, eran idóneas para la conservación de alimentos, es decir, las casas de nieve fueron las ‘protoneveras’.

Del inventor navarro a Willis Carrier

Ciertamente la historia de la climatización doméstica ha estado reservada a las clases pudientes durante siglos, pero este hecho da un giro interesante con la invención de nuestro mejor amigo del estío… el aire acondicionado. Poca gente conoce al hombre que fue el verdadero precursor de este invento, Jéronimo de Ayanz y Beaumont, un inventor navarro del s.XVI que desarrolló una máquina de vapor para extraer el agua contaminada de las galerías más profundas de las minas de Navarra. La invención fue un éxito y Jerónimo terminó por darle una vuelta más y reutilizo las tuberías para llevar nieve al interior de la mina y así reducir la temperatura ambiente. La productividad aumentó en todas las explotaciones que aplicaron este sistema de refrigeración.

El efecto de este invento de Jerónimo sobre la productividad fue la antesala de lo que llegaría cuatro siglos después con el desarrollo final del aire acondicionado, obra de Willis Carrier. Porque el invento del aire acondicionado tal y como lo conocemos se debe a una necesidad industrial de mantener la temperatura fresca de las fábricas, y no por el antojo de burgueses o faraones.

Pero antes de la llegada de la electricidad en el s.XX, hubo otros intentos de dar con el sistema definitivo de acondicionamiento climático. A finales del s.XIX fue el presidente de los EE.UU. James Garfield, herido en un intento de asesinato, quién encargó a un grupo de ingenieros navales que construyeran una unidad de refrigeración improvisada para mantenerlo fresco y cómodo.

El aparatoso dispositivo contaba unos paños empapados en agua y un ventilador que proporcionaba aire fresco a ras de suelo. Lo cierto es que el invento funcionaba, pero al igual que el jardín de nieve de Elagabalus requería de un esfuerzo desmesurado: en concreto, medio millón de libras en hielo en dos meses (que fue lo que duró con vida el presidente Garfield).

La versión definitiva no llegaría hasta que Nikola Tesla desarrolló los motores de corriente alterna y así hiciera posible la invención de los ventiladores. Y fue ya en 1902 cuando un jóven de 25 años llamado Willis Carrier presentó al mundo el primer sistema de aire acondicionado moderno. Una unidad mecánica que enviaba aire a través de tuberías refrigeradas por agua, con el objetivo de controlar la humedad de la planta de impresión donde trabajaba.

Por la tanto, conviene acordarse en estos despiadados días de verano, mientras echamos pestes frente al ventilador, de que no estamos tan mal con respecto a nuestros antecesores, y que al menos no necesitamos de 20 burros cargados de nieve o 1.000 esclavos para digerir estos días de canícula, que si no fueron benévolos con nuestros ancestros tampoco lo serán con nuestros nietos.


Fuente: Idealista